Función, salud y sujeto

En personas mayores la función se contempla en términos de salud como un marcador de estado más determinante que la enfermedad. Se relaciona consistentemente con resultados de salud poblacionales e individuales en personas mayores: a peor función sin potencial de recuperación, más complicaciones médicas, más riesgo de ingresos hospitalarios y necesidad de aumentar los apoyos de cuidado y más mortalidad.

Entendemos por funcionalidad la capacidad que tiene una persona para realizar las actividades necesarias para su vida en los contextos en los que se desenvuelve. Disponemos inicialmente de esta la información a partir de la persona mayor o de quien le acompaña, pero también podemos observar directamente su desempeño en una tarea concreta, como la elaboración de una lista de la compra o de una receta, la realización de una llamada, operaciones de cambio con dinero o el manejo en un espacio, considerando la velocidad, la seguridad o la eficiencia en su relación. En esta línea vincular con la salud esto aporta más información que una visión dicotómica de lo que hace o deja de hacer, pero la medida requiere más tiempo y no es del todo ecológica ¿desempeñamos igual una tarea cuando nos observan y quien lo hace tiene categoría de evaluador?

La funcionalidad no es un proceso lineal determinado predecible, sino más bien complejo y dinámico, en que la persona mayor puede fluctuar entre distintos grados. 

Ahora disponemos también de datos biométricos digitales, como un fenotipo digital que incluye por ejemplo la distancia recorrida, las horas de sueño, la temperatura, los tiempos de conexión… Todo esto son datos, pero ¿cuál es el relato? ¿y de quién es?. Nosotros tenemos la oportunidad de dotar de sentido a lo que ocurre posibilitando un relato compartido, pero desde nuestros prejuicios no siempre dimensionados damos a estos datos un sentido sin el sujeto. De momento más en relación con inferir estados mentales concretos que con la funcionalidad. Pero a todo se llegará.

Más cosas sobre la funcionalidad, que considerada en términos de salud podría ser una advertencia de enfermedad subyacente, pero también más cosas.

Cuando una persona mayor tiene varias enfermedades, la función puede ayudarnos también a jerarquizarlas. Si consideramos preservar la autonomía como el valor de facto más relevante para la persona mayor, incidiríamos más sobre aquella(s) enfermedad(es) que más impacto tuviesen en su funcionalidad. Pero esto que parece muy intuitivo no siempre es lo que sucede, ya que precisamente la enfermedad que más impacta en una persona concreta, pongamos por ejemplo la depresión o la artrosis, puede no coincidir con los intereses del médico, experto en diabetes, cardiopatía isquémica o varices.

También puede servir la función para medir la evolución y la respuesta a nuestras recomendaciones, cada vez más utilizado en enfermedades neurodegenerativas como las demencias o el Parkinson. Iniciamos un tratamiento, farmacológico o no, y medimos cuál es el impacto funcional.

La calidad de vida también se vincula en términos de salud cada vez más con la autonomía, de la mano de “vida a los años en vez de años a la vida”.

Ansiamos una suerte de panóptico del desempeño del sujeto en su autocuidado y su cotidianidad que cartografiamos en tareas. Y desde ahí pretendemos aprehender lo que al sujeto le sucede. Poca cosa.   

Pero de algún modo tenemos que medir y sobre esta medida disponer. Y la funcionalidad es relevante por lo que al sujeto le supone. Sirve para diagnósticos, también para las ayudas.

Se trataría de entender la función desde su dimensión de cambio en el individuo, no tanto como medida, como comparación sobre una trayectoria de evolución de funcionalidad predeterminada por los saludable. “En personas mayores lo normal/esperable/saludable es……”.  Ya hay líneas de recomendaciones de salud a ese respecto, tipo el “envejecimiento saludable”, con trayectorias esperables en términos de lo saludable para vivir la vida.

Se trataría de elevar un cambio en la funcionalidad a un marcador de estado sensible y de especificidad a determinar. Algo le sucede al sujeto, pero ¿se trata necesariamente de un problema de salud?.

En términos de salud la funcionalidad es relevante para el sujeto, pero claro, ¿de quién estamos hablando?. Nada tiene que ver con la subjetividad esto, con el individuo mismo, aunque los resultados de salud del sujeto sean mejores. Huyendo de complejidades que se escapan a la idea de esta entrada, se trataría de conocer a la persona mayor no a la enfermedad que tiene ni su funcionalidad.

Cuando una persona mayor no hace o lleva a cabo de manera diferente una tarea habitual puede ser, simplificando mucho, porque no puede, porque no quiere o porque no sabe. Y no todas ellas son relevantes en términos de salud, pero si podrían medicalizarse en manos de médicos. Y ahí está el reto interpretativo, pero también la potencia de posibilidad de la funcionalidad, dado que la subjetividad es una quimera.

Algo así como ya que conocer a las personas, su biografía, su sentido de vida es un imposible, y centrarse en la enfermedad no es lo óptimo, la funcionalidad sería una aproximación mejor en términos de salud.

En personas mayores la valoración geriátrica integral (VGI), consistente en considerar los dominios funcional, mental y social, además de aspectos centrados en enfermedades, alimentación, medicación, caídas, es la herramienta nuclear, cuya implementación pivotando sobre la función ha demostrado mejorar los resultados de salud de los sujetos.

Todavía cuesta que se utilice como la herramienta de jerarquización que comentábamos, pero cada vez menos que sirva para medir el impacto de las mismas: cómo de severa es la demencia, la depresión o la artrosis. Pero, ¿y si la limitación funcional tiene que ver un poco con las tres, en cuál de ellas optimizo más el tratamiento? Ese es otro de los retos de la medicina geriátrica.

En personas mayores, la VGI y conocimientos de neuropsicología (NPS) nos permiten afinar el conglomerado de síntomas y signos de cada enfermedad e incluso poner el foco en la más relevante para el individuo y no la que le gusta al facultativo. Por ejemplo, si está triste y desesperanzado, disfruta menos las cosas y hace menos cosas, puede estar deprimido. Pero si a esto sumamos el encuentro, la entrevista psiquiátrica, la exploración psicopatológica sería un poco la vía apertura posible al sujeto. De ahí estos tres pilares de la psiquiatría geriátrica.

Como conclusiones:

  • La funcionalidad excluye al sujeto, pero aporta más datos (y diferentes) que los parámetros de enfermedad y además tienen mejor reflejo en los resultados de salud. Pero ir de la función al sujeto en un modelo (in)(per)vertido.
  • La funcionalidad engloba inespecifidad y datos, toca el relato, y ahí el encuentro es la clave clarificadora ¿qué le está pasando?
  • Del fenotipado digital al panóptico digital. La mirada a los datos nos aleja del sujeto, que paradójicamente tiene mejores resultados de salud. ¿Eso buscamos?

 

HABLANDO DE PERSONAS MAYORES

Participación del Dr. Delgado en el aula virtual de la escuela de salud de la Comunidad de Madrid con la presentación «Problemas emocionales y su efecto en la capacidad funcional de la persona mayor«

Participar en eventos relacionados con personas mayores que convocan diferentes miradas en un momento concreto encaja con mi ánimo de compartir y reflexionar en comunidad sobre el tema.

Hablar de personas mayores es utilizar un plural anónimo. Cada persona que envejece no lo hace siguiendo un mismo patrón, aunque está atravesado por la consideración que como grupo tiene en su comunidad y en su familia. Y esto cambia.

Hablar de personas mayores no es hacerlo sobre una identidad. Se trata de una etapa de la vida, la última. No es un estado patológico, aunque se relacione con determinados resultados de salud.

La jubilación es la transición más relevante en las personas mayores. Los roles y los vínculos se resignifican, la conciencia de finitud está más presente y la disponibilidad de tiempo cambia. ¿Qué voy a hacer ahora?, ¿qué va a hacer mi padre?, ¿y mi madre?, ¿qué van a hacer ambos?…

La enfermedad y el cambio. La angustia de muerte, el temor a la pérdida de autonomía y a la posible necesidad de ayuda de un tercero, conforman el sentido de la enfermedad.

“Esto es por la edad” está extendido entre las personas mayores y aquellos que los rodean, también entre el personal sanitario. Uno de los edadismos con más impacto sobre la salud.

El cambio en autonomía de la persona mayor; en la capacidad funcional, es la guía para detectar y dimensionar un problema de salud.

Contarse desde lo perdido para considerar juntos lo recuperable.

Para acceder a la intervención completa, a través de este enlace

Actividad física en personas mayores. Una recomendación de salud

Cada vez disponemos de más información acerca de los beneficios de la actividad física en la salud de las personas mayores. El ejercicio físico se ha convertido una recomendación de salud. Sabemos, y además resulta intuitivo, que las personas mayores que hacen deporte tienen menos carga de enfermedad. De ahí podemos inferir que la actividad física es un elemento saludable y recomendablepero ¿cómo lo hacemos?, ¿qué tipo de actividad recomendamos?, ¿en qué cantidad?, ¿a quién?…

Aún con este cuerpo de conocimiento ha resultado laborioso implementar programas de movilización precoz en personas mayores hospitalizadas, incluso con la evidencia de mejores resultados de salud. No resultaba intuitivo recomendar actividad física en la enfermedad o durante una convalecencia. Los cuidados se vertebraron históricamente en la provisión de ayuda a la persona enferma y el reposo formaba parte de la misma. Sin embargo, tal y como reflexionábamos en esta entrada, cuidar deriva del latín cogitare “pensar” y se define como poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo. La diligencia tiene que ver con la prontitud, pero también con la competencia. El cuidado, entendido desde lo compasivo y no como algo funcional y dinámico, no puede considerarse competente. El cuidado habría de entenderse como un modelo de atención para revertir una situación de dependencia si es posible, evitar las complicaciones de una situación de enfermedad y prevenir su progresión. De este modo, el reposo en cama, junto a otras medidas integradas en los cuidados, lograban lo que pretendían evitar: resultar perjudiciales para la salud. Reflexionamos sobre ello en esta otra entrada: “Qué no hacer durante la hospitalización de una persona mayor”.

A resultas, iniciativas desde la (in)formación “más zapatillas y menos pastillas” de @osmachope u otras multidisciplinares e institucionales liderada por @FatimaBranas en el Hospital Infanta Leonor en Madrid, son un ejemplo de toma de conciencia y cambio, venciendo dificultades y resistencias. Las recomendaciones se fundamentan en los beneficios conocidos de la actividad física, y particularmente, en personas mayores.

Tenemos a nuestro alcance apuntes e infografía sobre los tipos de ejercicio que debemos considerar. No se trata de recomendar la práctica de un deporte o de una actividad física concreta; tampoco de ocupar un tiempo determinado (habitualmente largo y mayor de lo necesario) ni de insistir en que la actividad sea grupal o incluso intergeneracional. Esto son generalidades y no siempre resultan aplicables a nivel particular. Dos expertos en ocupación reflexionaban en esta entrada, a modo de entrevista, sobre el valor y el sentido de la actividad en cada persona mayor: “las vidas de los seres humanos están comprometidas en cientos de actividades que ocupan sus horas de vigilia. Estas ocupaciones tienen un profundo impacto en cómo la persona se siente física, emocional y espiritualmente. Las ocupaciones pueden proveer sentido de satisfacción y bienestar, o pueden crear niveles de estrés, desequilibrio e insatisfacción”.

La indicación de una actividad física concreta, por ejemplo Yoga, es saludable y mejora resultados de salud. Lo complicado es lograr que una persona mayor cualquiera se inicie en el Yoga. El reto es integrar ejercicios en la rutina diaria de la persona mayor. No se trataría únicamente de actividades de resistencia o aeróbicas (el clásico caminar), sino también de flexibilidad (ejercicios funcionales) y de equilibrio (taichi, yoga…), junto con musculación. Toca conocer a la persona y los ejercicios y adaptarlo. De los tipos de ejercicios, lo más novedoso tiene que ver con la musculación, que viene de la mano de la fuerza de prensión y las investigaciones sobre fragilidad.

Recomendamos esta guía para “prescriptores de actividad física” que tiene en cuenta la autonomía y ubicación asistencial de la persona mayor, además de la guía referenciada anteriormente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG).

¿CÓMO HACER LA RECOMENDACIÓN?

Sobre esta base de conocimientos acerca del beneficio de la actividad física en personas mayores, recomendamos plantear y decidir conjuntamente con la persona mayor cambios en el modo de realizar las actividades diarias habituales para introducir alguno de estos ejercicios. ¿Sabéis cuantos ejercicios pueden hacerse con una silla? ¿y a lo largo de un pasillo de casa? ¿sabéis que cualquier elemento de peso puede resultar una pesa? ¿sabéis que es mejor hacer varias veces una secuencia de un movimiento en 1-2 minutos y repetirlos cada hora, que una hora continua de actividad? ¿sabéis que el equilibrio puede mejorarse si la persona mayor no camina agarrando el brazo del acompañante?

Es bien conocido que cada persona mayor ocupa su tiempo al jubilarse o a medida que envejece de un modo particular. El reto es incluir esta serie de ejercicios físicos, con la posibilidad de apoyo infográfico para facilitar su realización, en sus actividades habituales. Esto es probablemente más práctico y más útil que señalar actividades o deportes reglados como recomendaciones de salud.

¿Tiene esto cabida en una consulta de Psiquiatría Geriátrica? Escribíamos en esta entrada que “no hay nada más diferente a una valoración en psicogeriatría que otra valoración en psicogeriatría, por lo que señalar aspectos comunes es complejo”. Sin embargo, al ser los cambios funcionales un aspecto nuclear de la consulta de psicogeriatría, también en el seguimiento, las actividades que la persona mayor realiza son una parte importante de la conversación durante la entrevista y resulta muy espontáneo introducir así cambios específicos con las series de ejercicios en mente.


La mirada enfermera

Nuevamente contamos en el blog con una colaboración magistral, en este caso la de María Zamora Arjona, @Maria_EIR16, que se define a sí misma como una enfermera de Geriatría y Cuidados Paliativos volcada en la docencia a profesionales y ciudadanos. Este perfil profesional me resulta especialmente interesante tanto por la parte de especialización en personas mayores al final de la vida como por su inquietud docente.

María nos expone de una forma contundente la importancia de la enfermera desde múltiples ópticas y el potencial beneficio que podría tener su presencia a diferentes niveles de la sociedad y la administración. Lean cómo lo defiende:


Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que “sin enfermeras y matronas no lograremos los objetivos de Desarrollo Sostenible ni la cobertura sanitaria universal”.

De este modo, la OMS, junto con el Consejo Internacional de Enfermeras (CIE), declaran 2020 como el Año Internacional de la Enfermera y la Matrona y ponen en marcha la campaña internacional Nursing Now, orientada a visibilizar el triple impacto que el desarrollo de las enfermeras y su acceso a puestos de responsabilidad tiene en la sociedad: mayor igualdad de género, mayor cobertura de salud para la población y desarrollo de economías más fuertes.

Triple impacto de la enfermería. Fuente: APPG on Global Health

Es una gran noticia para las enfermeras que los países hayan acogido la campaña, pues podemos hacer uso de este altavoz para dar a conocer la mirada enfermera, nuestras competencias, la evidencia científica que producimos y aplicamos y la repercusión en términos económicos y sociales que supone el desarrollo de nuestra disciplina.

En España, la actividad enfermera se desarrolla más allá de los ámbitos tradicionales y más allá de los márgenes que se consideraban inamovibles. Las enfermeras, como agente social, ponemos en el centro la profesionalización del cuidado y su gestión eficiente. Todo ello, en nuestra sociedad envejecida y cronificada, es garantía de protección de derechos y de calidad.

La implantación de las especialidades enfermeras vía EIR, las enfermeras de práctica avanzada, la enfermería en la micro y macrogestión y en los más altos exponentes de la investigación han supuesto, suponen y supondrán una mejoría en las estrategias de promoción de la salud y atención con los mejores resultados en personas en situación de riesgo o en condiciones de máxima complejidad y vulnerabilidad. Poner el cuidado en el centro del Sistema Sanitario y en la sociedad garantiza el desarrollo de la Atención Centrada en la Persona, la promoción de la Práctica Basada en la Evidencia y el fomento de entornos amigables y compasivos, donde los cuidados no se dan por hecho, sino que se reconocen como la base que sustenta la democracia.

En relación con los cuidados a las personas mayores al final de la vida, las enfermeras tenemos una posición privilegiada, pues desde nuestro conocimiento científico y nuestra perspectiva, valoramos a la persona y a su entorno de manera global, somos referente en la planificación anticipada de decisiones mediante la relación de ayuda, detección, abordaje y seguimiento de síntomas, prevención y manejo del riesgo social, ajuste de expectativas, coordinación con el resto del equipo y enlace con otros recursos para asegurar la continuidad de cuidados.

En conclusión, la promoción de la profesión enfermera por parte de las instituciones y nuestra presencia a nivel asistencial, gestor, investigador, docente y político es garantía de cohesión social y de blindaje de derechos.