Autoedadismo en tiempos de pandemia

“Paciente de 80 años que acude a urgencias con dificultad para respirar, cansancio y tos, que rechaza el uso de ventilación mecánica”

Lamentablemente, en el marco de la actual alerta sanitaria se han incluido criterios de edad en protocolos de triaje para la distribución de recursos y la toma de decisiones clínico-asistenciales en pacientes hospitalizados.


El coronavirus 2019 (COVID-19) se detecta por primera vez en la ciudad de Wuhan, China, en diciembre de 2019. Poco tiempo después, la Organización Mundial de la Salud alerta de que existe un elevado riesgo de propagación de la enfermedad a otros países del mundo, declarándose pandemia el día 11 de marzo de 2020. Desde el día 14 de marzo nos encontramos en una situación de alerta sanitaria, en estado de cuarentena y con un número excepcional de hospitalizaciones por COVID-19.

Esta situación condiciona la elaboración de protocolos de triaje para facilitar la toma de decisiones clínicas en un marco de recursos insuficientes. Y se incluye la edad para la (no) realización de determinados procedimientos terapéuticos. Algunos de los argumentos utilizados para matizarlo fueron, entre otros, “este límite (de edad) no pretende reflejar juicios de valor sobre la calidad de vida o el valor de la vida de los pacientes más añosos, sino reservar recursos potencialmente escasísimos de soporte vital avanzado para aquellos pacientes con más posibilidades de supervivencia y secundariamente, más años de vida salvada”. Y sin embargo, no se incluyen herramientas clínicas, como la valoración geriátrica integral, en la toma de decisiones en personas mayores. Increíble, pero cierto.

Esta situación provocó un posicionamiento formal de la Sociedad Española de Medicina Geriátrica (SEMEG) @semeg_es para poner el foco en las necesidades y derechos del paciente mayor sin una flagrante discriminación por edad.

Más tarde, en abril, en un documento sobre aspectos éticos en situaciones de pandemia del Ministerio de Sanidad (vía Sociedad Española de Geriatría y Gerontología) @seggeriatria se recoge, entre otras cosas, lo siguiente: “excluir a pacientes del acceso a determinados recursos asistenciales o a determinados tratamientos (por ejemplo, aplicar dicha limitación a toda persona de edad superior a 80 años) resulta contrario, por discriminatorio, a los fundamentos mismos de nuestro estado de derecho (art. 14 Constitución española) () Lo que no resulta en modo alguno aceptable es descartar ex ante el acceso a dichos medios a toda persona que supere una edad

Los protocolos de triaje no son vinculantes, pero se trata de documentos técnicos elaborados por diferentes profesionales que toman decisiones en personas mayores. Resulta sorprendente que se obvien criterios de funcionalidad y fragilidad y se incluyan otros fútiles teñidos de humanismo vacuo.

No es una cuestión baladí. Opiniones relevantes dentro de la ética médica, como por ejemplo la de este bioético experto de 71 años, respaldan la edad como criterio de acceso a determinados recursos (ventiladores), asumiendo la discriminación por edad pero paradójicamente sin considerar tampoco la situación basal del paciente. Y se anticipa a sí mismo, heroicamente, como potencial candidato en años venideros. Y firma el documento, imagino que satisfecho.

La edad es más importante como fuente de variabilidad individual impredecible que de un cambio interindividual predecible

John C. Brocklehurst

Hablábamos en una entrada anterior de este blog de la discriminación por edad y el concepto de edadismo o ageísmo. El autoedadismo, en la línea del autoestigma, se refiere a la atribución como identidad propia de prejuicios y aspectos discriminatorios relacionados con la edad.

En este marco de asistencia sanitaria no es contraintuitivo ni tampoco anecdótico que las personas mayores que acuden al hospital se discriminen a sí mismos por razones de edad, antes incluso de presentarse y hablar acerca de lo que le sucede. ¿Son ejemplos de autoedadismo? En tiempos de pandemia hay matices.

¿Realmente la persona mayor expresa algo desde una identidad propia elaborada? ¿o la gestión sanitaria y la información al respecto en medios de comunicación ha favorecido estas posiciones y la persona mayor está condicionada, incluso coaccionada? Asumiendo la presunción de capacidad del paciente ¿en que medida la singularidad de este contexto en el que nos encontramos condiciona el autoedadismo? ¿se trata de una elección expresada, razonable, basada en motivos racionales y realizada sobre una compresión real y completa del proceso?

En todas estas situaciones es necesario y razonable explorar y ponderar las informaciones que la persona mayor tiene con respecto al marco asistencial actual. Indagar desde cuando se discrimina a si mismo por su edad con aspectos relacionados con la salud y la utilización de recursos sanitarios. Esto es relevante, ya que si realmente no se trata de algo identitario, el marco actual podría condicionar su capacidad de toma de decisión desde la coacción. La autodiscriminación por edad manifestada de inicio habría de considerarse más como un signo de alarma que como una ayuda para la toma de una decisión clínica y de asignación de recursos. A nuestro juicio no puede, a priori, considerarse como un respaldo vinculante para una decisión de distribución de recursos. Como tampoco se pueden obviar herramientas de valoración geriátrica en la toma de decisiones de salud en personas mayores.


Envejecimiento de la población y el reto del sistema sanitario

“La edad es más importante como fuente de variabilidad individual impredecible que de un cambio interindividual predecible”

John C. Brocklehurst

Este conocido aforismo en geriatría remarca, a modo de trabalenguas, que una persona mayor no se parece en nada a otra de su misma edad, aun compartiendo similitudes, salvo en los años. Es decir, que la edad a título individual no resulta explicativa de nada en términos de problemas de salud. Es por esto que respuestas todavía vigentes del tipo “esto es por la edad no se sostienen bajo ningún argumento científico.

Como grupo de edad, las personas mayores, comparten particularidades específicas y tienen unas determinadas características generacionales que están claramente diferenciadas de la población adulta más joven. Los datos epidemiológicos nos dicen que se trata de un grupo poblacional cada vez mayor. Falta saber si estos datos se tienen en cuenta…  

¿Hay realmente tantas personas mayores?

La población española está envejeciendo. No es una noticia de actualidad. Llevamos años oyendo hablar en diferentes medios de la inversión de la pirámide poblacional. De hecho, el envejecimiento de la población se inicia en el siglo XVIII con las reformas estructurales y culturales que condicionan una mayor equidad en el reparto de riquezas y una mayor secularización del pensamiento. Inicialmente se produce un incremento del tamaño de la población y posteriormente una estabilización y la modificación de su estructura por edad y sexo. La distribución actual de la población la determinan la transición demográfica y la epidemiológica.

La natalidad, mortalidad y los movimientos migratorios (transición demográfica) condicionan el tamaño y la estructura, mientras que los cambios en los patrones de enfermedad (transición epidemiológica), una mayor longevidad de la población. Las infecciones, transmisibles y de curso agudo, son reemplazadas por enfermedades no transmisibles y de curso crónico.

Existe un descenso global de la mortalidad, un incremento de la expectativa de vida de ambos sexos, más marcado en la mujer, y un descenso de la natalidad. Esto facilita el aumento relativo de la población mayor y proporcionalmente de los individuos más mayores dentro de este grupo de edad.

Una población cada vez más envejecida según las estadísticas y con previsiones en esa línea en las próximas décadas debería llevarnos a asumir la responsabilidad de adecuar el sistema sanitario a esta realidad.

 ¿Quién tiene que adaptarse a este envejecimiento poblacional?

No es la persona mayor quien debe acomodarse a un sistema asistencial y a un modelo de trabajo que no fue diseñado inicialmente para una población envejecida. Además, la persona mayor no siempre puede adaptarse (los niveles de autonomía están más frecuentemente alterados en los ancianos que en población adulta) y esta exigencia vulnera los más elementales principios éticos y de calidad. Será por tanto el sistema sanitario el que deba acoger las necesidades de su principal paciente: la persona mayor.

Hay mucho margen de mejora. Los servicios sanitarios y sociales no han sido inmunes a los cambios demográficos, aunque los mecanismos para afrontarlos no han sido homogéneos. En concreto, la implantación de atención especializada a la persona mayor no parece seguir un plan consensuado y la figura de geriatra continúa infrarrepresentada frente a otras especialidades médicas y alejada de la realidad demográfica descrita. De hecho, hay comunidades autónomas donde no hay geriatras en el sistema público de salud y, por dar un ejemplo, hasta hace 2 años no había geriatras en todos los hospitales de la Comunidad de Madrid.

En cuanto a lo que se refiere a la situación de la psicogeriatría, os recordamos esta entrada de nuestro blog.

¿Qué es relevante para la persona mayor?

Ya sabemos que la edad no lo es. Utilizar los años como principal criterio para condicionar el acceso a un recurso o procedimiento o sostener sobre ella la toma de decisión clínica es una medida de discriminación. Edadismo o ageísmo se llama a este tipo de práctica y hay múltiples ejemplos.

Necesitamos otras variables diferentes a la edad y de hecho las tenemos, pero ni su introducción ni su consideración son todavía universales. También precisamos de otros objetivos. En la línea de priorizar vida a los años y no tanto los años a la vida. Individualizar una recomendación en una persona mayor implica necesariamente disponer de más herramientas que su edad y sus enfermedades. Y ahí es crucial conocer a esa persona mayor en sí. La figura del médico de atención primaria, que conoce al anciano a lo largo de diferentes etapas de su vida, es un valor en declive y cada vez menos potenciado. El equipo de Atención Primaría debería suponer el principal detector de un cambio funcional en el anciano por la información de la que dispone y por la cercanía al anciano y su entorno.

Hay que medir y considerar la capacidad de la persona mayor para adaptarse al entorno y a los cambios, su vulnerabilidad o fragilidad, que nos dará una medida de su riesgo de perder autonomía durante la enfermedad. Disponemos de la Valoración Geriátrica Integral (VGI) como herramienta para medir la reserva funcional de la persona mayor. Esta VGI consiste, de modo muy resumido, en considerar y evaluar los dominios físicos, cognitivo, afectivo, social y sensorial del anciano. Permite detectar y poner en contexto la enfermedad en el enfermo, aspecto clave en la toma de decisiones. La pérdida de autonomía es el principal determinante de la calidad de vida y el mejor predictor de posteriores eventos indeseables para la persona mayor y su entorno: dependencia y necesidad de ayuda para el cuidado. Lo que realmente importa. 

De esta forma, el objetivo primordial de la atención sanitaria a la persona mayor es evitar y limitar la aparición y el desarrollo de pérdida de autonomía. Las medidas de eficacia son diferentes a las de la población general y deben centrarse en evitar que la enfermedad genere discapacidad y que ésta se torne en una pérdida de autonomía sin posibilidad de recuperación.

Los índices clásicos como la reducción de la mortalidad deben quedar relegados a un segundo plano. Vida a los años por encima de años a la vida. Calidad de vida a los años. Ese es el reto. Y lo que resulta relevante para la persona mayor. Una vez que la pérdida de autonomía está establecida y no hay potencial de recuperación es cuando el anciano necesita una red de cuidados: familiares, sociales y sanitarios en forma de apoyo y cuidados paliativos. Una atención especializada al anciano hace su trabajo de detección y prevención antes; cuando aún hay potencial de recuperación funcional, esa es la clave.

Una experiencia de MODELO QUE SE ADAPTA A LA POBLACIÓN ANCIANA

Hace algunos años, en el occidente asturiano, tuve la oportunidad de colaborar en la implantación de un programa de atención al anciano en un área con muchas particularidades. El argumento demográfico y la dispersión geográfica, con núcleos de población pequeños y alejados del hospital de referencia, facilitaron el apoyo a una propuesta singular. Se trataba de un modelo de atención coordinada con atención primaria en la que las valoraciones médicas presenciales se realizaban. en muchos casos. en los centros de salud y no en el hospital. Incluía un programa específico de atención en las residencias de la zona.

Este programa se diseñó como un intento de adecuar la prestación de servicios sanitarios a la población real de aquella zona; más de una década después, el modelo sigue vigente. Probablemente no sea un proyecto exportable a otras áreas, pero tiene, en esencia, lo que se espera de un servicio público: que evolucione y se adapte a su usuario principal, en este caso, la persona mayor.


Está en nuestras manos, también en las de los responsables de la gestión sanitaria, afrontar un reto sanitario que ya está aquí.

¿La discriminación por edad tiene nombre?

Edadismo o ageísmo

Hace ya unas cinco décadas que se empezó a usar este termino que hace referencia a la discriminación por edad hacia las personas mayores. El concepto engloba prejuicios, actitudes y prácticas en diferentes ámbitos, incluido el institucional, contra este grupo de edad.

Utilizar la edad a modo de descalificativo es un recurso habitual. Y no solamente en personas mayores. “Estás mayor para hacer esto” es algo que cualquier adulto oye cuando alguien entiende que lo que está haciendo sobrepasa sus posibilidades.

En los primeros años de vida hay unos hitos del desarrollo son relevantes para detectar problemas en el desarrollo neurocognitivo y psicomotor del niño. A partir de ahí, factores de tipo familiar, cultural, determinantes educativos y sociales, entre otros, cobran importancia y marcan los diferentes ritmos del desarrollo de cada infante. Ya no es tan útil realizar comparaciones sólo por la edad. Y eso se mantiene hasta que nos morimos.

Sin embargo, ya desde la madurez los prejuicios invaden determinadas edades: “la crisis de los 40”, “a la vejez, viruelas”…  cuando realmente la edad biológica es una cifra que no explica absolutamente nada a nivel individual. Las experiencias de convivencia con familiares o allegados mayores alimentan nuestra imagen previa de un octogenario. Y esas son absolutamente unipersonales. Luego están los estereotipos, las generalizaciones o simplificaciones en las que se incurre habitualmente y que son las que se visibilizan. “A los 80 ya no se conduce” “A los 90 se te va la cabeza” “A los 70 no se puede llevar una empresa”…

La última etapa de la vida es muy complicada de definir. La variedad, más que las semejanzas, caracteriza a las personas mayores y no hay pautas claras y distinguibles de envejecimiento. De ahí que no haya nada más diferente a alguien de 85 años que otra persona de 85 años.

Cumplir años es un fenómeno universal, nos incumbe a todos y cada uno de nosotros y en algún momento todos nos preguntamos cómo envejeceremos. En esa imagen mental que nos formamos aparece, además de la muerte, la enfermedad. Y también los médicos. Ocurre que a ciertas edades (por ejemplo, octogenarios) es más probable que aparezcan determinadas enfermedades, pero eso no convierte a toda persona mayor de ochenta años en un enfermo.

Desde la perspectiva del modelo médico, la asociación entre edad y enfermedad es tal que en muchas ocasiones la persona mayor es atendida como un compendio de enfermedades y un sumatorio de medicamentos. Decía W. Osler, médico canadiense, que “es mucho más importante saber qué tipo de paciente tiene una enfermedad que qué clase de enfermedad tiene un paciente”. Y esto lamentablemente se ha quedado en algo teórico. Más si cabe en un sistema que evoluciona hacia considerar cliente al paciente.

De ahí que continuemos teniendo ejemplos de discriminación por edad en el mundo sanitario, por ejemplo:

No incluir a mayores de “una cifra cualquiera a partir de los 65” en los estudios.

No incluir a personas mayores de cierta edad como beneficiarios de diferentes técnicas o intervenciones médicas.

O a viceversa, considerar que a partir de determinados años sólo puede ingresar en un centro determinado.

No se trata de negar u ofrecer irremediablemente una opción a alguien por tener una determinada edad, se trata de valorar individualmente la capacidad, funcionalidad y deseos de cada individuo, entre otras muchas cosas, para tomar conjuntamente la mejor decisión posible.

La edad biológica no debería condicionar nada a nivel individual. Y sin embargo como podéis leer, lo hace. Y tiene un nombre: edadismo o ageísmo.